martes, 23 de marzo de 2010

LA ORILLA DEL MAR






Estoy de vuelta de Brasil. Alguien podría pensar que esa oración refuta el canto de Dorival Caymmi pero, en realidad, no hace más que reafirmarlo en tanto sigo estando, por evocación, allá. Allá no es, precisamente, en Brasil. De hecho, bueno, estoy acá, en Buenos Aires. Pero la orilla del mar ya es en la canción un estado, un estar tendido, una tendencia. En el viento, en las ondas del agua, hay un movimiento desprovisto de intención. El que va a la orilla del mar perpetúa ese movimiento, incluso contra su voluntad. De ese movimiento no se vuelve nunca más.
Pensándolo dos veces, es cierto, esa es una huella que sólo puede dejar Brasil, porque la muesca precisa que su mar produce en la memoria se convierte en el sentimiento preciso que llaman saudade, y acaso sea en ese sentimiento que se perpetúa el movimiento elemental que lleva y trae la ola del mar. Naturalmente, Dorival Caymmi recoge de ese movimiento una canción. A beira do mar trata acerca de una especie de inversión del sentimiento de saudade o, más precisamente, de una inversión en el movimiento habitual de la saudade conservando, sin embargo, la calidad exacta del sentimiento. Esta vez no se sufre de saudade por lo que fue y sin remedio se ha perdido; se evoca lo que, por haber sido, está condenado a perpetuarse. Pero el movimiento del mar todo lo iguala. Lleva e inexorablemente trae. El resultado es el mismo, la pérdida y la saudade consiguiente. Sólo que el que se perdió, el que no vuelve nunca más, tal vez ahora sea el propio cantor, acompañado en su pena gozosa de todos los condenados que Dona Janaína invitó a quedarse (y la reina del mar no acepta negativas) en ese mismo estado, ese estar tendido, esa tendencia.





El que viene a la orilla del mar, ay
nunca más quiere volver, ay
El que viene a la orilla del mar, ay
nunca más quiere volver

Anduve por andar, anduve
y todo camino dio al mar
Anduve por el mar, anduve
en las aguas de Dona Janaína
La ola del mar lleva
La ola del mar trae
Quien viene a la orilla de la playa, mi bien,
no vuelve nunca más.